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La cultura del resumen y cómo nos está volviendo cada día más estúpidos.
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Me aterra sobremanera la idea de que todo debe ser resumido, de que todo puede ser más corto o rápido. Cómo dijo Dolina: "La gente no quiere leer, quiere haber leído"; me parece una frase atinada para comenzar a escribir sobre esto.
Hay un robo que es perpetuado por la "cultura del resumen": nos roba el placer de disfrutar un libro de principio a fin, perdiéndonos en las páginas, absorbidos por el encadenamiento de las palabras unas tras otras. El resumen también nos roba la tensión que genera esa escena crucial de la película o ese asombro o sorpresa que solo puede dar el giro inesperado en la trama que sucede en el último capítulo de una serie, pero también el resumen nos quita la riqueza que se halla en leer un texto académico en su completitud, nos roba la capacidad de poder "aprender como es debido". A cambio, se nos ofrece una lista inconexa y sin contexto de ideas que la IA escupe cuando prompteamos algo así como "realiza un resumen de las ideas o puntos más importantes de este texto" o que algún tiktoker relata en un video de 40 segundos. El resumen nos invita al apuro, a las corridas, a hacer más por finalizar que por el fin en sí mismo; es decir, ya deja de ser importante leer el libro o ver la película, ahora lo más importante es haberlo leído o haberla visto.
Lo barato sale caro: el precio de perdernos en el resumen.
La cosa decanta, entonces, en poder decir que ya se sabe de qué va y cómo termina la serie o la película, poder decir que se conoce la obra de tal autor y quizá poder incluso dar una cita del libro; la idea entonces es aprobar, aprender algo es colateral.
Ergo, se pierde en el resumen no solo la calidad de la recompensa, sino la totalidad de ella. Jamás sabrá aquel amante de los resúmenes lo que se siente terminar de leer con una gran excitación y ansiedad las 750 páginas de Crimen y castigo o Anna Karenina; no podrá comprender jamás, el amante de los resúmenes, el magnetismo y euforia que se siente al ver un maratón de la trilogía de El Señor de los Anillos. Aquel degustador de resúmenes nunca saboreará las mieles que supone, tras un esfuerzo intelectual, poder finalizar un libro de historia, filosofía, sociología o política (incluso aunque fuera necesario leerlo más de una vez para alcanzar cierto nivel de comprensión).
¿Por qué entonces, sabiendo que dejamos tanto en el camino, nos volcamos de cabeza al resumen, al video de "te lo explico en 5 minutos" o a la IA para que nos dé "las ideas más importantes"?
La respuesta parece tener dos caras. Por un lado, la idea de "ahorrarnos tiempo", y por otro, la de "ahorrarnos el esfuerzo".
No es un secreto que leer efectivamente denota un esfuerzo: forzamos nuestra vista, hacemos un esfuerzo para concentrarnos, también un esfuerzo intelectual para intentar comprender lo que el autor nos está transmitiendo. También es sabido por todos que, en el actual estado de cosas, son pocos quienes disponen de tiempo libre para sentarse a ver películas o series, y ni hablar del cansancio que cargamos, la poca energía que tenemos después de una intensa jornada laboral como para sentarse y romperse la cabeza con un texto de filosofía o sociología.
Es ahí donde entra el resumen. El resumen te alivia, te "ayuda", te "ahorra tiempo", pero el precio a pagar es muy alto.
Privarnos de una obra completa nos aleja de una real transformación intelectual que genera el esfuerzo de comprensión y la adquisición de nuevos conceptos. Las conexiones neuronales que se crean y se activan al leer una obra nueva y realizar el esfuerzo para poder comprenderla no se generan leyendo un resumen, por más que "atrapemos" las ideas que la obra plantea. Lentamente, si dejamos de leer, nuestro cerebro se atrofia, pues las rutas neuronales sin usar "se oxidan"; por lo tanto, no es tan arriesgado decir que, si abusamos de los resúmenes o de videos del tipo "te explico tal idea en 5 minutos", nos vamos volviendo más estúpidos cada día.
Las redes sociales como el epítome de la cultura del resumen.
La cultura del resumen, también llamada “tiktokización” por algunos especialistas, no es entonces solamente una afección cultural; no es simplemente una discusión esnob en algunas esferas intelectuales. Como fue señalado más arriba, afecta nuestras redes neuronales y el mejoramiento cognitivo, pero también modifica nuestra conducta. Nos hace menos pacientes y, por ende, más ansiosos; altera la forma en que nos vinculamos con otros y con nuestro entorno. Y si todo eso te parece poco, súmale que dificulta la capacidad de reflexión profunda y de realizar planes a mediano y largo plazo.
Pero ¿Cómo llegamos hasta acá? La clave está en la aparición de las redes sociales y la degeneración que está sufriendo actualmente el capitalismo tardío.
Las redes sociales, con su desarrollo y avance en nuestras vidas, fueron modelando un tipo de "sentido común". Vemos un tipo de fotos predeterminadas (generalmente de gente feliz, comiendo cosas ricas en restaurantes bonitos, viajando por el mundo o cosas por el estilo), reaccionamos con ciertos emojis predeterminados y nos comunicamos a través de un lenguaje modelado por el entorno virtual y las reglamentaciones de la propia plataforma. Más allá de las diferencias que existen en cada red social, estas plataformas quieren algo de nosotros: nuestra atención. Ya es sabido, no es ningún secreto. Dicho esto, me parece muy importante entender que darles nuestra atención a estas plataformas genera, en muchos casos, una alteración de nuestro comportamiento y nuestra capacidad de concentración. Además, entregamos nuestro tiempo a cambio de consumir, en general, contenido intrascendente; contenido basura.
Si la influencia de las redes sociales en nuestra forma de socializar la complementamos con la voracidad actual de un sistema capitalista en descomposición, no es difícil de imaginar el resultado. Al usuario promedio de redes sociales le decanta la idea de ver en TikTok el resumen de la última película que se estrenó en los cines. La capacidad de concentración de muchos jóvenes es hoy incompatible con la idea de estar dos horas y media sentados prestando atención a la pantalla sin tocar el celular. A esto se le suma que la situación económica actual hace que, para muchos trabajadores, ir al cine o al teatro hoy en día sea considerado un lujo.
Entonces, el combo es fatal. Por un lado, vivimos sobreexplotados, con el estrés de sabernos precarizados, llenos de deudas y de miedos sobre el futuro económico y político del país; por otro, tenemos un analgésico virtual el cual nos ayuda a olvidar lo miserables que somos. Los reels y videos de TikTok nos sacan por un momento de nuestra miserable vida precarizada. Nos alivian de tener que "clavarnos dos horas sentados frente a la TV" para saber de qué va esa peli de la que todos están hablando (y la cual, probablemente, muy poca gente vio en realidad, pero de la cual todos vieron el resumen). Las redes sociales actúan aquí como la representación virtual de la mala fe sartreana. Es decir, son el elemento que usamos como sociedad para engañarnos a nosotros mismos, para no ver lo que subyace a nuestra miserable situación y para evitar tener que decidir, deslizándonos así un día más en nuestra monótona e insulsa vida.
Qué decir de aquellos estudiantes que cursan cuando el trabajo se los permite. La invitación a estudiar del resumen del resumen es tentadora cuando el tiempo apremia ante la inminencia de un parcial para el cual no se tiene tiempo de estudiar como corresponde, pues al jefe o patrón poco le importa que el empleado estudie o no, es más, probablemente para el capitalista sea deseable que sus empleados no estudien, pero esa idea da para otro escrito. De ahí también la mediocre cursada que muchos estudiantes atraviesan, en la cual, bajo esas circunstancias, un "4 es nota".
La resistencia o una sociedad zombi.
No creo que la salida a esta problemática sea "desenchufarnos" totalmente de la vida virtual; sería algo ingenua esa idea. Las redes sociales y las formas de comunicación e interacción virtuales forman ya parte de nuestra vida, negarlo es absurdo. La revolución de la IA convive con nosotros; "el futuro llegó hace rato" diría un cantante popular argentino.
Entonces, ¿esto significa que la batalla está totalmente perdida? No lo creo. Las redes en este contexto de superexplotación poseen una gran influencia y un gran poder, pero, como dijo Foucault, "donde hay poder, hay resistencia". No utilizar redes sociales hoy casi parece utópico, pero sí podemos usarlas de manera responsable. Quiero decir, aplicar algunas pautas o filtros para que nuestro feed esté lo menos "sucio" posible. Podemos usar las redes para formar (valga la redundancia) redes de soporte y contención entre los sujetos. Para informarnos, es recomendable seguir páginas oficiales de medios reconocidos o institucionales, como las cuentas de universidades o intelectuales con buena reputación. También es vital usar las redes para difundir nuestras ideas y pensamientos en lugar de publicar nuestra vida privada. Pero lo más importante, me parece, es tener una actitud de crítica y de sospecha ante todo el contenido que circule por internet. Además, de por sí ya es algo bueno no generar nosotros mismos contenido basura; ya suficiente hay como para que volquemos nuestra propia porquería intrascendente en el feed de los demás.
No tengo yo la respuesta o la solución definitiva en esta cuestión, pero creo que la idea de sabernos absorbidos por las redes y tomar conciencia de que estamos siendo sobreexplotados es un comienzo; un despertar necesario si queremos mejorar nuestra vida y evitar convertirnos en muertos que caminan, trabajan y miran reels. La cultura del resumen no es más que el síntoma que muestra una sociedad cansada y agotada, explotada hasta sus cimientos al punto de que los individuos no tienen tiempo ni energía para sentarse tranquilos a leer.
Escrito por Arya Katarina Leonela Coronel.
Bibliografía consultada:
Sartre, J. P. (2007). El existencialismo es un humanismo. Ediciones Folio.
Foucault, M. (1992). Microfísica del poder. Ediciones La Piqueta.
Piaget, J. (1976). Seis estudios de psicología. Ediciones Barral.
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